Un cómplice pestañear

Un cómplice pestañear

El deporte suele regalarle a la vida momentos únicos, instantes de felicidad, pasajes de emoción. Sus caminos se cruzan constantemente y a veces coinciden en una noche estelar, donde se entregan cómplices miradas. Fue la noche de los Bolling la del martes del Paccagnella. La de los Elnes.

Cuando Elnes Haroldo Bolling, allá en la década del ’80, hizo su bolso desde Islas Vírgenes para viajar hasta Concepción del Uruguay seguramente lo llenó de sueños. Pero en aquel momento jamás imaginó que tanto tiempo después ese mismo estadio de partidos épicos lo iba a emocionar otra vez.

Porque uno puede entregarse a lo que ama hacer y emocionarse con la devolución del público en un estadio lleno tras un gran juego. Pero son elegidos los que tantos años después pueden volver y recibir un aplauso cerrado de todo un estadio.

Los Elnes o los Bolling, como más les guste, hicieron que el martes los hinchas de dos equipos coincidieran por única vez en la previa a un clásico: aplaudir y ovacionarlos de pie. Eso que parece imposible de lograr. No hubo diferencias, el aplauso fue de todos, sin importar los colores.

El papá recibiendo la camiseta número 12 de Rocamora con su apellido en la espalda, donde fue figura, y su hijo, con la camiseta número 10 de Parque Sur, donde un rato después sería una de las figuras del clásico, fue la enorme imagen de la noche. Un escondido anticipo del partido que veríamos a continuación.

Seguramente Elnes Haroldo no pudo soñarlo mejor por aquellos años. Jamás hubiera imaginado recibir de dos de sus hijos, Estefanía y Elnes, esa camiseta en un estadio lleno. La misma cancha, el mismo clima de básquetbol, pero ahora continuado con él sentado en la platea y su hijo en la cancha de protagonista. Lo que él jugó para llevar a Rocamora a los primeros planos del deporte nacional, ahora trata de soñarlo Elnes Jr, desde la vereda de enfrente.

Elnes jugó hasta cerca de los 40 años tras una carrera exitosa y fue noticia nacional cuando su hija Joana le donó un riñón para que pueda sobrellevar una enfermedad. Eso le permitió que este martes recibiera esos aplausos que llegan al alma, que disfrutara ver a Elnes y que se le cruzaran imágenes de aquellos partidos en el medio de un enorme clásico.

La noche le regaló el final en el Sur donde le dijo a un juvenil del plantel sureño: “¿Y vos, qué te pasa que no me saludás?”. La contestación no tardó en llegar: “Es que yo pensé que de nosotros no te acordabas, éramos muy chicos cuando vos jugabas”. La grandeza de Elnes Haroldo los dejó mudos: “Ustedes recién caminaban en una cancha pero yo me acuerdo de todos”.

El deporte le guiñó otro ojo a la vida y juntos, confundidos en el mismo camino, se regalaron otro emotivo abrazo, de esos donde los colores de las camisetas son apenas un detalle. La fresca noche de verano los encontró en la República, mirando la inmensidad de un estadio vacío, al que decidieron confesarle cuando ya los Bolling dormían: a veces cuando nosotros dos nos cruzamos nos salen noches como esta. El deporte y la vida se fueron silbando bajo la luna del Puerto Viejo, cada cual por su camino, prometiéndose encontrarse otra vez. Puede ser a color o en blanco y negro. Sólo basta encontrarse.

Nota: Marcelo Sgalia. Fotos: Mauricio Galarza y Carlos Lozano.

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