El silencio que grita más fuerte

El silencio que grita más fuerte

Por primera vez en la historia los clubes debieron cerrar sus puertas tantos días. Compartimos las sensaciones y las fotos de este momento.

¿Qué pueden tener en común Chaplin, Galeano, Benedetti, Shakespeare, Da Vinci, Carlyle, Miles Davis, Pitágoras, Juan Rulfo, García Márquez, Freud, Gandhi, Luther King, Saint-Exupéry, Mozart, León Gieco, Spinetta, Dolina, Fontanarrosa, Jacques-Yves Cousteau, Maradona, Zitarrosa, Yupanqui y el Coronavirus? Qué todos se refirieron al silencio.

No hay registro ni antecedentes de un silencio tan largo y tan grande. Ese silencio que esperamos con alegría que la noche traiga para descansar, cenar con nuestros hijos, mirar una peli, escribir o leer un libro o darnos un beso, esta vez un virus lo desató y lo dejó a granel. Y ese silencio que esperamos siempre hoy se quedó, se instaló en todos lados, inundó nuestras calles y no sabe de lugares ni rincones, de días o noches, de domingos o miércoles.

Se desparró, nos encerró y nos calló. Estamos aprendiendo qué duele, qué genera tristeza (muchísima). Salir a hacer un par de fotos es un piñazo al corazón. Un virus nos dejó en casi todo el mundo al mismo tiempo en silencio, como si todos fuéramos parte de un videojuegos. Y en esa pausa, en este silencio, me puse a buscar que era lo que en la historia se dijo sobre él. Y encontré bastante. Porque siempre, porque todos, alguna vez disfrutaron o padecieron el silencio. Pero nunca duró como ahora. Y quizás nunca vuelva a quedarse tanto.

El fútbol no es de silencios precisamente, pero los tuvo: hizo minutos de silencio, los guardó, hizo socios del silencio, festejó goles en silencio, los hizo bandera, prometió que nunca más jugarán en silencio, los interrumpió, los rompió y los volvió memoria.

Charles Chaplin nos mostró que el silencio podía ser una belleza en blanco y negro. Quizás en él, fue en uno de los mejores lugares donde el silencio se expresó.

Eduardo Galeano, el mismo que escribió que no hay nada más vacío que un estadio vacío, concluyó una vez: “Sólo los tontos creen que el silencio es un vacío. No está vacío nunca. Y a veces, la mejor manera de comunicarse, es callando”. El escritor uruguayo también nos dijo que deseaba ser de silencio: “En un mundo de plástico y ruido, quiero ser de barro y de silencio”.

Otro escritor uruguayo, que de poesías sabía bastante, enseñó: “Hay pocas cosas tan ensorcededoras como el silencio”. Fue Mario Benedetti, que entre tanto tuvo tiempo de regalar esto: “Qué espléndida laguna es el silencio, allá en la orilla una campana espera, pero nadie se anima a hundir un remo, en el espejo de las aguas quietas”. Claro, la tituló El Silencio.

Bastante antes, un tal William Shakespeare pensó: “Es mejor ser rey de tu silencio que esclavo de tus palabras”.

En una pared una mano anónima pintó: “El silencio también tiene respuestas”. En otra pared, otra mano que tampoco firmó, sostuvo: “El silencio habla cuando las palabras no pueden”.

Hablando de pintar, Leonardo da Vinci, que fue de todo un poco, expresó: “Nada fortalece tanto la autoridad como el silencio”.

El filósofo Thomas Carlyle también lo definió: “El silencio es el elemento en el que se forman todas las cosas grandes”.

Dicen que el silencio es amigo del viento. Esto no lo escribió nadie, creo. Pero pensé que también debe haberlo sido de Miles Davis, para regalarnos esas maravillas que soplaba en su trompeta. Y Miles dijo: “El silencio es el ruido más fuerte, quizás el más fuerte de los ruidos”.

Quizás antes que todos, o casi, Pitágoras sostuvo mientras le facilitaba al mundo matemático tanto: “El comienzo de la sabiduría es el silencio”. Pero en sus clases no dejaba hablar a nadie por solamente los primeros dos años.

Si todavía quedan dudas, el escritor mexicano Juan Rulfo hizo eso, escribió: “-¿Qué es? –me dijo. -¿Qué es qué? –le pregunté. -Eso, el ruido ese. -Es el silencio…”.

El colombiano Gabriel García Márquez llamó una vez a un amigo y le dijo: “Si un día no tiene ganas de hablar con nadie, llámame y estaremos en silencio”. Para Gabo era simple: ya había pasado Cien Años de Soledad.

Las solitarias paredes siguieron definiéndolo: “Las palabras quizás puedan herir, pero el silencio es un asesino en serie”; “Estoy sentado en silencio, pensándote a gritos”.

Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, laburó escuchando. Y haciendo silencio enseñó: “Uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que dice”.

Para Mahatma Gandhi “el silencio es la disciplina del que persigue la verdad”.

Para Martín Luther King: “Al final no recordamos las palabras de nuestros enemigos, sino el silencio de nuestros amigos”.

Para Antonie de Saint-Exupéry fue esencial y no invisible a los ojos decir un día que “el amor es sobre todo, audiencia en el silencio”.

Pero el silencio también es música. Según Mozart “el silencio entre las notas es tan importante como las notas mismas”.

Muchos usaron el silencio cuando era necesario decir. Y una noche el maestro Dolina contó por radio la historia del silencio y develó algunas curiosidades.

Se cumplieron 3 años de las Marchas por Micaela. Esas que provocaron un silencio que desgarraba en la multitud multiplicada en las calles de todo el país. Ese silencio gritaba justicia, con mucha bronca.

El Centro Cultural Fontanarrosa proyectó una vez el documental “El mundo del silencio” de Jacques-Yves Cousteau y Louis Malle. Y ya que nombramos al Negro, el silencio es la siesta rosarina en “La Observación de los Pájaros”, uno de sus mejores cuentos entre tantos.

Ese mismo silencio futbolero lo provocó Maradona cuando paró el mundo unos segundos con la pelota en sus pies mientras todos los ingleses lo perseguían. Fue en un mediodía mexicano. El silencio no respiró en el mundo entero pero estalló en segundos.

Alfredo Zitarrosa cantó: “Oigo tu voz, llamándome. Silencio en el silencio, y siento”.

El Flaco Spinetta regaló una canción, “Días de silencio”: “Y la distancia se abrirá y desde la luz volará, cónica y rauda flecha, acariciando mis días de silencio días de silencio”.

León Gieco escribió Canción del Silencio: “Silencio señores grandes, que despiertan los cuentos del parque, ellos esperan las nuevas risas, en las treinta vueltas de una calesita. Silencio señores grandes, que despiertan las leyendas. El silencio no es una palabra escrita sobre un pared, es una canción solitaria por el viento”.

Atahualpa Yupanqui le contó a su guitarra que “le tengo rabia al silencio, por lo mucho que perdí”.

El coronavirus ya provocó lo que ninguno de ellos hubiera imaginado. Compró todos los silencios, los más largos de la historia, y los desparramó por el planeta al mismo tiempo. Hoy, el silencio duele y hace ruido en casi todas las calles del mundo.

(Marcelo Sgalia. Prensa del club).

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